Diego Guillen Calderón

Cuando Fu Manchú se escapó la primera vez, los empleados
del zoológico lo atribuyeron a un error humano. Hacía un día espléndido y los
orangutanes del zoológico de Omaha habían estado jugando en su espaciosa jaula
al aire libre.
Poco después, ante la mirada atónita de los cuidadores, Fu y su familia se
encontraban subidos a los árboles, junto a la jaula del elefante. Se supo
después que la puerta que conecta la sala de calderas con la jaula de los
orangutanes había quedado abierta.
Jerry Stones, jefe de los guardianes, reprendió severamente a su personal y el
incidente se olvidó. Sin embargo, cuando volvió a hacer buen tiempo, Fu Manchú
se volvió a escapar. "Estuve a punto de despedir a alguien", recuerda
Stones.
Al día siguiente, gracias al aviso de los vigilantes desesperados por conservar
su empleo, Stones logró atrapar a Fu Manchú con las manos en la masa. El joven
simio bajó por una abertura de ventilación hasta una fosa seca, luego empujó la
parte inferior de la puerta de la caldera con todas sus fuerzas hasta lograr
abrir una pequeña ranura. Introdujo un alambre por la apertura y levantó la
manija hasta que la puerta se abrió.
Al día siguiente, Stones notó que Fu tenía algo brillante en la boca. Al
acercarse, comprobó que se trataba ni más ni menos que de la ganzúa usada para
sus salidas, perfectamente oculta entre el labio y la encía.
Las fugas de Fu Manchú acapararon los titulares de los periódicos en 1968, pero
sus astutos trucos no impresionaron demasiado a los científicos dedicados a
buscar evidencias de procesos mentales elevados en los animales y que por aquel
entonces, la mayoría de los estudios sobre inteligencia animal tenían como
propósito enseñar a los simios a usar lenguajes humanos y a ningún científico
le importaban mucho las hazañas de aquel Houdini
peludo.
En 1970 se comenzó a seguir de cerca los resultados de los estudios sobre
inteligencia animal, en especial los relacionados con chimpancés que habían
aprendido a usar palabras humanas. Esta especialidad dio un giro de 180 grados
cuando dos psicólogos, R. Allen y Beatrice Gardner, se dieron cuenta de que los
simios tenían problemas formando los sonidos para modular las palabras.
Por tanto, seleccionaron a una chimpancé joven llamada Washoe y decidieron
enseñarle el código para personas sordas utilizado en los Estados Unidos. Washoe
terminó aprendiendo más de 130 palabras. Pero lo que es más importante es que
sabía lo que significaban. El éxito de Washoe hizo que se llevaran a cabo más
estudios e hizo célebres a simios como Koko, el gorila, y Chantek, el
orangután.
Las investigaciones también desataron en los círculos científicos un feroz
debate, que continúa hasta nuestros días, acerca de la naturaleza de la
inteligencia animal. Baste con decir que ha sido más fácil derrotar al
comunismo que conseguir que los científicos se pongan de acuerdo en qué quiso
decir Washoe hace treinta años cuando al ver un cisne en un lago hizo los
signos correspondientes a "pájaro de agua".
¿Estaba inventando una frase para describir al ave o simplemente generó dos
signos independientes asociados con la escena que tenía ante sus ojos?
Se ha podido presenciar de cerca los problemas a que se enfrentan los
científicos al intentar examinar fenómenos tan difíciles de aprender, tal como
el lenguaje y la formación de las ideas. ¿De verdad piensan los animales?
¿Acaso tienen conciencia de sí mismos?
Algunos filósofos y científicos se ofenden incluso con la pregunta misma, ya
que se pisa el terreno fronterizo que separa a los hombres de las bestias.
Pero, como señala Donald Griffin, descartar el estudio de la conciencia animal
nos impide comprender a otras especies. "Si la conciencia es importante
para nosotros y existe en otras criaturas", señala Griffin, "es
probable que también sea importante para ellas".
Ante la frustración que provocaba este interminable y estéril debate
ideológico, muchos se preguntaron si no habría alguna manera mejor de penetrar
en la mente de los animales que los experimentos que intentaban enseñarles los
signos y los símbolos humanos.
Fue entonces cuando se conoció la historia de Fu Manchú y todos se dieron
cuenta de algo que hoy me parece obvio: si los animales pueden pensar, es
probable que lo hagan mejor cuando les conviene a ellos, no cuando un
científico les pide que lo hagan.