lunes, 31 de octubre de 2011

Vivaldi con Invierno


INVIERNO DE VIVALDI

"La música constituye una revelación más alta que ninguna filosofía".
                                                                                                     Beethoven

Los escritos platónicos


Chavarría Cruz Sagrario

La influencia socrática en la obra de Platón no sólo se aprecia en el contenido de su doctrina, sino que está presente en el  modo en que la expresó. Los textos platónicos, los celebres Diálogos, no son otra cosa que la adaptación de las constantes conversaciones que mantuvo con su maestro y que él se encargó de recoger. Sirviéndose de este recurso expositivo, Platón incorporaba a los Diálogos el resultando de sus propias reflexiones; éstas, a medida que su pensamiento maduraba, fueron capturando sus escritos y reemplazando las teorías socráticas. Los diálogos platónicos pueden agruparse siguiendo un criterio cronológico en diálogos de juventud, de madurez y de vejez.
Los diálogos de juventud tratan sobre temas fundamentalmente éticos (virtud, justicia, sabiduría) y el enfoque adoptado es completamente socrático. En este grupo se integran obras como la Apología de Sócrates, Primer Alcibíades, Hipias Menor y Protágoras. Como parte del periodo de transición entre el socratismo de juventud y la madurez suelen citarse los textos Gorgias, Menón y Cratilo.
Los diálogos de madurez abordan los problemas metafísicos que dan lugar a la formulación de ideas. Entre estos escritos, esenciales para la formulación del sistema platónico de pensamiento, se encuentran el Banquete, Eutidemo, Fedón, Fedron y la República. Por último, los diálogos de vejez suponen un tratamiento más profundo de los temas apuntados en la etapa previa: el programa metafísico de las ideas, la realidad mundo físicomundo suprasensible y el origen del cosmos. Los principales textos de este periodo son el Teeteto, Filebo, Parménides, Sofista, Timeo y las Leyes.

¿Pueden pensar los animales?


Diego Guillen Calderón

Cuando Fu Manchú se escapó la primera vez, los empleados del zoológico lo atribuyeron a un error humano. Hacía un día espléndido y los orangutanes del zoológico de Omaha habían estado jugando en su espaciosa jaula al aire libre.
           Poco después, ante la mirada atónita de los cuidadores, Fu y su familia se encontraban subidos a los árboles, junto a la jaula del elefante. Se supo después que la puerta que conecta la sala de calderas con la jaula de los orangutanes había quedado abierta.
           Jerry Stones, jefe de los guardianes, reprendió severamente a su personal y el incidente se olvidó. Sin embargo, cuando volvió a hacer buen tiempo, Fu Manchú se volvió a escapar. "Estuve a punto de despedir a alguien", recuerda Stones.
          Al día siguiente, gracias al aviso de los vigilantes desesperados por conservar su empleo, Stones logró atrapar a Fu Manchú con las manos en la masa. El joven simio bajó por una abertura de ventilación hasta una fosa seca, luego empujó la parte inferior de la puerta de la caldera con todas sus fuerzas hasta lograr abrir una pequeña ranura. Introdujo un alambre por la apertura y levantó la manija hasta que la puerta se abrió.
          Al día siguiente, Stones notó que Fu tenía algo brillante en la boca. Al acercarse, comprobó que se trataba ni más ni menos que de la ganzúa usada para sus salidas, perfectamente oculta entre el labio y la encía.
          Las fugas de Fu Manchú acapararon los titulares de los periódicos en 1968, pero sus astutos trucos no impresionaron demasiado a los científicos dedicados a buscar evidencias de procesos mentales elevados en los animales y que por aquel entonces, la mayoría de los estudios sobre inteligencia animal tenían como propósito enseñar a los simios a usar lenguajes humanos y a ningún científico le importaban mucho las hazañas de aquel Houdini peludo.
          En 1970 se comenzó a seguir de cerca los resultados de los estudios sobre inteligencia animal, en especial los relacionados con chimpancés que habían aprendido a usar palabras humanas. Esta especialidad dio un giro de 180 grados cuando dos psicólogos, R. Allen y Beatrice Gardner, se dieron cuenta de que los simios tenían problemas formando los sonidos para modular las palabras.
          Por tanto, seleccionaron a una chimpancé joven llamada Washoe y decidieron enseñarle el código para personas sordas utilizado en los Estados Unidos. Washoe terminó aprendiendo más de 130 palabras. Pero lo que es más importante es que sabía lo que significaban. El éxito de Washoe hizo que se llevaran a cabo más estudios e hizo célebres a simios como Koko, el gorila, y Chantek, el orangután.
          Las investigaciones también desataron en los círculos científicos un feroz debate, que continúa hasta nuestros días, acerca de la naturaleza de la inteligencia animal. Baste con decir que ha sido más fácil derrotar al comunismo que conseguir que los científicos se pongan de acuerdo en qué quiso decir Washoe hace treinta años cuando al ver un cisne en un lago hizo los signos correspondientes a "pájaro de agua".
          ¿Estaba inventando una frase para describir al ave o simplemente generó dos signos independientes asociados con la escena que tenía ante sus ojos?
          Se ha  podido presenciar de cerca los problemas a que se enfrentan los científicos al intentar examinar fenómenos tan difíciles de aprender, tal como el lenguaje y la formación de las ideas. ¿De verdad piensan los animales? ¿Acaso tienen conciencia de sí mismos?
          Algunos filósofos y científicos se ofenden incluso con la pregunta misma, ya que se pisa el terreno fronterizo que separa a los hombres de las bestias. Pero, como señala Donald Griffin, descartar el estudio de la conciencia animal nos impide comprender a otras especies. "Si la conciencia es importante para nosotros y existe en otras criaturas", señala Griffin, "es probable que también sea importante para ellas".
          Ante la frustración que provocaba este interminable y estéril debate ideológico, muchos se preguntaron si no habría alguna manera mejor de penetrar en la mente de los animales que los experimentos que intentaban enseñarles los signos y los símbolos humanos.
          Fue entonces cuando se conoció la historia de Fu Manchú y  todos se dieron cuenta de algo que hoy me parece obvio: si los animales pueden pensar, es probable que lo hagan mejor cuando les conviene a ellos, no cuando un científico les pide que lo hagan.